vuelta a la escuela después de más de 80 días de paro (2018)

Reflexiones: Palabras e ideas para pensar un contexto en este tiempo dado.

JULIO 2018/TRELEW. CHUBUT. PATAGONIA ARGENTINA

Por Viviana Delfino

Provincia de Chubut, un 2018 que arrastró del 2017 complicaciones diversas y visibles en los ámbitos sociales, culturales, educativos, financieros, económicos. Los gobernantes  tomaron una posición (y una disponibilidad determinada llamada “presupuesto”) que deja a la población y a los distintos sectores de empleados públicos en situación de conflictos salariales e infraestructuras sin mantenimiento. Medidas de fuerza diversas sobre la instancia de paro. La escuela es el terreno, que por la lógica del conflicto, recibe más repercusión de la crisis. Confluyen en ella una serie de aspectos de directa implicancia. Aquí solo se analizaran algunos, se sabe que por fuera quedan otras tantos.


Palabras claves que subyacen al escrito y que nos aproximan al contexto. Ejercicio de situarnos


Paro. Tomas pacíficas de reparticiones públicas. Escuelas cerradas, escuelas abiertas, escuelas semi abiertas o semicerradas. Directivos que acuerdan con otros, directivos que no acuerdan con otros. Docentes que acatan el paro, otros que fluctúan su acatamiento (a veces hacen paro, otras veces no), docentes que no hacen paro. Manifestaciones. Abrazos a escuelas. Abrazos al Ministerio de Educación. Ranchada pacífica (ranchos improvisados con palets y nylon de obra, fogatas constantes, para apalear los fríos, las lluvias y los vientos helados de la Patagonia) apostadas frente a los distintos edificios tomados. Manifestaciones artísticas de todo lenguaje y en todo lenguaje posible. Comidas comunitarias. Tortas fritas. Vecinos que se acercan al acampe para traer café o té caliente.

Las panaderías que donan el pan y las facturas que le sobraron del día. Carteles, banderas, pancartas. Padres autoconvocados. Padres que protestan por la ausencia de clases y ni se acercan. Uso abusivo y distorsionado de los medios oficialistas, para crear un imaginario errado en la población. Los días que pasan sin paritarias, sin diálogo. Las paritarias que se abren. Las discusiones que se generan en las bases para lograr acuerdos. Represión. Mentiras. Un abuso en la espera. La intemperie misma. Escuelas que pierden su infraestructura básica: luz, gas, calefacción, paredes que se agrietan, luces que se queman por falta de mantenimiento o se apagan por no estar paga. Otras intemperies. Salarios congelados. Pagos escalonados. Fondos que parecen que están disponibles. Crisis rotunda.

Ideas para entender el efecto. Ejercicios de pensarnos en función de la vuelta a la escuela

La escuela es una institución de gran peso social, de eso no caben dudas. El paso obligado por ella, la hace un punto al cual se remite el simple y el complejo ciudadano, la hace un tema del que todos pueden hablar, decir, recordar e historizarse en las propias biografías. Por lo que la escuela en crisis, los maestros en crisis, las políticas educativas públicas que la sostienen, desvastadas, conforman un asunto del que la sociedad toda puede decir algo, emitir un juicio por lo que se vivió o por lo que queda por vivir, por haberse corrido de ella o por permanecer asociados. La escuela es hablada desde múltiples interpretaciones y sentidos. Resulta un territorio donde no sólo se habita sino que se delimita simbólica e imaginariamente; todos podemos hablar desde nuestra experiencia de haberla transitado y eso pareciera dar un derecho a la opinión, muchas veces desconociendo la verdadera trama del asunto. 

Aquí está al menos unas de sus relevancias. La institución escuela genera una profunda relación de filiación historizada porque nos construye como sujetos sociales y nos moldean subjetivamente en ese camino socializador. Por lo que el tejido social que se conforma en ella desborda los sentidos temporales y espaciales (Frigerio, 2004) de nuestra historia y de la historia de nuestras sociedades. 

Estos mecanismos conforman discurso de la escuela y como efecto directo, se generan sentidos sobre las problemáticas que en ella acontecen o que la atraviesan. Por momentos pareciera que el afuera que dice es desdicho por el adentro que vive la escena escolar de forma directa, a pura vivencia en un aquí y ahora. Pero como la escuela es permeable a la realidad social y discursiva, todo quien transite en estos tiempos de crisis por la sociedad chubutense, ni hablar de lo que la transitan por dentro, lleva sobre sus pareceres “algo que decir”. Todos los estamentos del sistema, desde la ministro hasta el auxiliar, padres y estudiantes, colaboradores, vecinos, comunidad en general. Hay choques de discursos y provoca una energía contradictoria, ofensiva, poco empática, por o momentos violenta. 

Cuando se vuelva a la escuela, todo ese caudal de sentidos, representaciones, imaginarios entrarán por los pasillos, entraran cargando las mochilas de los estudiantes, las miradas de los docentes que los recibirán. No se muy bien cual podría ser la fortaleza que contenga reparatoriamente esta envestida, pero lo peor que podría acontecer es que se la niegue; es que se minorice el impacto; es que nos olvidemos de que de alguna u otra forma, la educación nos compete como país y que no basta con decir sobre ella sino que, para reconstruirla, se requerirá de acciones concretas para un bien común. La escuela pública como un bien común, sería quizás el punto de partida, entendiéndola con todas las letras, sin metáforas ni medias tintas. 

Siempre fue demasiado complejo definir la escuela, más complejo será redefinirla cuando su estructura, tanto simbólica como arquitectónica se viene abajo y sus miembros, todos nosotros, quedemos entremezclados con los escombros. La vuelta a la escuela después de más de 80 días de paro, moverá las visceras de su institucionalización, inquietará su eje medular social, organizacional, interpersonal, intrapersonal. 

Me pregunto si las escuelas, cada una, quedará igual después de esta abatida ausencia de funcionamiento o de una funcionamiento fluctuante, porque no es del todo negro, ni del todo blanco, muy por el contrario, los grises  se visibilizan y marcan el grado entre incertidumbre y certidumbre ante las razones de las medidas de fuerza. A al escuela se le plantean un millar de conflictivas cuando la crisis la mira de cara; las gestiones asumen las decisiones que resultan ser avatares en un funcionamiento que mas o menos venía dándose pero que ahora ya no puede ser, decisiones que no se sabe bien cuán oportunas serán porque nada se puede ver con claridad en medio de la tormenta; los procesos de enseñanza quedan truncos o mediatizados por la virtualidad que viene a socorrernos casi como entidad mágica, dándo por hecho que como “ los chicos son buenos con lo tecnológico”, seguirán el despliegue de un tema sin mayores inconvenientes. Los más pequeños hacen cuadernillos que también se resuelven de modo virtual, fuera de escena, en otro tiempo y espacio, en el cual madres y padres intentan acompañar.

Todo aquello que hace a la escuela se detiene, lo que venía siendo ya no es. 

¿Para qué sirven las crisis sino para reacomodar las estanterías de los pensamientos, de los contenidos y de los saberes? El solo registro de la envestida de un Estado, que nadie podría negar en su relevancia, no debería absorber toda la capacidad para pensar la escuela con entidad propia, como institución reconocida, diferente a otras en necesidades y problemáticas.  Las medidas de fuerza se tornan defensivas y no transformadoras, los gobernantes hacen así la crisis, la provocan sabiendo de antemano las respuestas. Las crisis se leen como solo de reclamos salariales – porque eso les conviene a los gobernantes, que usan algunos medios de comunicación, que le agregan extrema violencia simbólica, imaginación nefasta, tergiversación de los hechos-, cuando hay otro grito silencioso que subyace, un verdadero límite a los estragos del neoliberalismo recrudecido. ¿Qué pasaría si en nuestras escuelas comenzarán decididamente a circular acciones humanizadoras? ¿qué pasaría si los docentes, todos, deciden empezar el dictado de sus planificaciones el día en que se vuelve a la escuela, en lugar de atragantarse – y atragantar a los estudiantes- con los temas curriculares que alguien dice que hay que cumplir? ¿Qué pasaría si el aprendizaje de los estudiantes comenzara a marcar el paso de las clases? ¿Qué pasaría si la crisis pudiese ser trabajada en todas las materias, respetando los sentidos y las representaciones que cada uno tenga de la misma, a través de la reflexión y la crítica constructiva, y no de la imposición de ideas? ¿acaso no estaríamos educando una nueva generación que hubiera aprendido de esta crisis para no volverla a transitar?

El reclamo no es solo salarial, también las escuelas se caen a pedazos, se cortan los servicios mínimos (luz, gas, agua, limpieza) y la infraestructura deja mucho que dejar. La arquitectura escolar, como lo plantea Chiurazzi (2007) es un tema de suma relevancia y de minuciosa consideración. Hablar de urgencias en este tema es hablar de un síntoma grave de las políticas de estado. Las escuelas fueron construidas y por esa mismísima razón, deben ser mantenidas, porque en los lugares habitados no se pueden sostener las ruinas, lo roto, no lo funcional, la precariedad, la ausencia de recursos. Sería como desconocer, desprestigiar la tarea que se lleva a cabo en ese espacio, en ese territorio, que, en nuestro caso, no es precisamente una cuestión privada o personal sobre lo cual podrían vertirse decisiones unilaterales, sino muy por el contrario, se hace educación entre esas paredes y detrás de las puertas de ingresos, en los pasillos, en los patios, en las aulas, se hace humanización y se hace socialización. 

La arquitectura no es más que lo rotundo, posible de verse y de palparse; si ella no reúne las mínimas condiciones para ser y estar en su interior, el mundo que habitualmente la transita, queda fuera, despojado de un territorio que debía ser ocupado, vivido, entre tiempos y espacios organizados. El vacío edilicio escolar adquiere una continuidad de ausencias para la cual no fue pensada. Es ahí donde se cae otra arquitectura simbólica. 

Las infraestructuras de instituciones públicas, como lo son nuestras escuelas de la lucha y del reclamo, que no son aptas para vivirlas sufren de un socavamiento del cual cuesta pensar como salidas las simples reparaciones estructurales. Se va a necesitar de otra fuerza para remontarlas. Tal como lo propone Frigerio, habrá que reconstruir un andamiaje conceptual para que las subjetividades vuelvan a las aulas con un trabajo sobre otros rieles, superadores, sublimadores, sujetos a una nueva ley a la cual se pueda generar lazos de nuevas filiaciones. 

La comunidad educativa, es decir, ese recorte de un todo de la sociedad que permanece más involucrado con la escuela en este tiempo social e histórico, no debe malentender el asunto ni menos simplificarlo. 


Las instituciones tienen su formato jurídico, de lo contrario no podrían funcionar ni permanecer en el tiempo. Oficia de sostén y de seguridad para aquellos que las habitamos. Nos permiten visibilizar los sistemas culturales, imaginarios y simbólicos (Enriquez, 2000) que se organizan en el transcurrir de la vida institucional, que nos forman y conforman.  De ese funcionamiento se espera que nos salvaguarde de los excesos de alienación y nos propongan, con el solo cumplimiento de las mismas, alternativas de sublimación, que permitan la convivencia. 

Cuando la institución Estado derrumba sus estamentos, reglamentos, enviste los derechos porque no los hace valer o los desconoce, abusa de su poder, reprime, malversa dichos, miente, todo lo anteriormente descripto sufre de un terremoto de sentido. Los dispositivos que organizaban las acciones, las jerarquizaban, la refuncionalizaban, regidos por las reglas que se suponían valederas, de repente, no están, se pierden los parámetros. El conflicto en la educación acontece como cosecha de malas siembras, lo que debío estar no estuvo, lo que se debió cumplir no lo fue, no hubo respuestas a lo pautado como ley, entonces se termina la “convivencia”. 

Si el Estado quiebra, en carácter de injusticia – no cumplimiento de la ley- también lo hacen las instituciones que dependen de aquel. Y esto resulta un efecto dominó imparable que termina en la célula social, el individuo, sus miembros. El carácter injusto de las acciones ronda en la intraorganización, inter e intrapersonal. Rota la regla, aparecen los sentidos de la injusticia. 

La vuelta a la escuela implicará reconstrucción sobre los restos de la caída de la ley como organizador social, para armar nuevas convivencias regidas por un todo que es más que la suma de las partes. Nuevos simbolismos y canales de escape, nueva trama que quizás por mucho tiempo sea solo de las bases, sea al menos en las bases. Los equipos de gestión tendrán que tener estas certezas aun cuando la verticalidad dispuesta por los poderes mayores, persigue otras lógicas. Lo que siga será reconstrucción. Ante semejante panorámica no podrá hacer como si nada, porque eso será la antítesis para conseguir un formato novedoso o renovado dentro de los funcionamientos conocidos pero disfuncionalizados, habrá que hacer circular la palabra, los decires, las acciones con la premisa de los bienes comunes, porque de lo contrario, quizás sea esta la razón por la que se gesten las nuevas crisis “ya conocidas”.  

Quizás para las transformaciones que se propician en los tiempos e crisis haya que hacer acuerdos internos más que esperar los mandatos de los estamentos superiores. Sabiendo que, en tiempos de individuación e individualismo dependerá de la capacidad de cada uno de respetar y tolerar la diferencia que encuentra en el otro cuando hable de esta lucha y de la escuela; que para aprovecharlas habrá que hacer de esto un arte, como lo dice Bauman (2002), y como tal, prestarnos a su estudio y ejercicio. No creo que la salida sea el reforzar el ya conocido sentido homogeneizante de los pensamientos y de las formas– “todos debimos hacer paro, todos debimos luchar de otra manera, todos debimos seguir las voces de los que hablaron y propusieron, todos debimos escuchar a los que no hablaron”- no, porque eso da miedo de perder la singularidad, que es algo ganado de otras luchas. En su lugar será el respeto a esa singularidad lo que debe apuntar una razón máxima sobre la mesa, “mejorar ahora las condiciones de hacer escuela” “ generarla como un lugar más habitable para todos y para cada uno”, “volver a creer en el sentido antropológico y social de la escuela como ente educador por excelencia”. Y que cada uno apueste desde sus sentidos más propios lo que tenga para dar y que eso sea para un bien común y la mejora de la humanidad, la porcioncita de humanidad con las que tengamos inmediato contacto, nuestros estudiantes. 

Más de 80 sin clases, con medias clases, con clases, como diferentes formas de afrontar el conflicto. Los fundamentos detrás de estas decisiones son muy variados, muchos conjugan la enseñanza en tiempo de crisis con alternativas que pretenden sanear virtual, semipresencial, presencialmente los contenidos. Entre los estudiantes están los que tienen suerte, los que la tienen a veces, los que no la volvieron a tener hasta nuevo aviso; considerando que la suerte sea la de tener clase. La disparidad en los procesos se marca por consignas dispares. Quizás están tengan, en sus buenas intenciones, algún logro en el aprendizaje de los estudiantes, se verá. Pero ante el abanico de alternativas pongo un llamado de atención sobre aquellas acciones educativas que pretenden más que un proceso un resultado calificador que se lleve a los boletines, “hay que tener alguna nota” como un manotazo desajustado por donde se lo mira, al contexto de crisis del sistema; que talvez, sea una muestra cruda de “la crisis del sistema”. Y la misma se pretende conseguir con una evaluación tradicional en tiempos atravesados, hincados, por los avatares de lo actual y su filosa dentadura. Imposible de concebir, antiético, antiestético y para nada político. No hay excusas ni fundamentos posibles para semejante acción.

Las planificaciones y el curriculum tendrán que ponerse en espera para recuperar, antes y a como de lugar, las escenas de las aulas, la enseñanza, la práctica misma situada y los encuentros entre los maestros y los estudiantes, el aprendizaje, los afectos, lo social. 

“No sabes cuándo le pagan a los docentes así puedo volver a la escuela”- dice Matías, de segundo grado. “Si a la seño no le pagan no come y no me va a poder de comer a mi”- dice Andrés, salita de 5 años, que almuerza en el comedor de su jardín. “Mi escuela está cerrada, no puedo saludar a mi seño”- alude confundida Paula, que cursa el tercer grado. “Hoy no tuve cole, no había luz ni agua, como está oscura a la mañana, no íbamos a ver nada”- comenta Brian. “Estoy muy triste ¡me quedé sin escuela!- dice compungida Berenise, su escuela se quemó por un desperfecto eléctrico. “No tengo la menor idea de esta fotocopia que nos dejó el profe de sociales. Solo dijo que la pegáramos”- dice Blanca, de primer año de secundaria. “Mi mamá me ayuda como puede, pero a veces las dos no entendemos nada del trabajo práctico, no sé, no nos sale”- Graciana de segundo año de secundaria. “No se que tengo mañana; casi no se qué tuve hoy”- Aldo de tercer año de secundaria. “Mi mamá hizo una presentación en la escuela, me tiene que dar clase si o si, es mi derecho. Ella es abogada”- comenta Francisca, de primer año de secundaria. “Obvio que ya me olvide de todo lo que vi”- anuncia Octavio, cuarto año de secundaria. “¿Podré terminar el año? Me muero si no ingreso a la facultad el año que viene- pregunta preocupado Federico, que cursa su último año de secundaria. 

No hay mucho más nada que agregar. O escuchamos los manifiestos o la atrofia social que remata en lo educativo ya no nos permitirá pensar. ¿No nos corresponderá a  todos nosotros, los adultos, la sociedad entera, decirle al sistema que esto, así ya no da más?

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